Nunca veo la televisión, le declaré la guerra cuando allá por mi juventud conocí de su poder alienante, ayer me senté ante ella, después de ver algún informativo y algunos anuncios comerciales, tuve un serio problema de identidad y corrí contrariado hasta el espejo para comprobar con alivio ante mis canas y mis arrugas que soy un adulto en toda regla y es que tuve la traidora sensación de ser una criatura de pocos años porque el director de los informativos quería llevarme a la cama y arroparme a la vez que me besaba en la frente, me niego.
Me advirtió de la crudeza de las imágenes, me aconsejó ropa de abrigo, que bebiera si el termómetro subía por encima de los cuarenta y después de contarme los hechos del día versión oficial con todos los escabrosos detalles que nada aportaban a la noticia, me endosó para distender las de sociedad, en donde una reportera con tonalidad estándar y subnormalidad manifiesta hacía preguntas a los transeúntes de esta guisa, ¿pasó usted miedo cuando el terremoto amenazaba con llevarse a toda la familia por delante? No niña no, me puse a bailar el chachachá, que pasen una buena noche, que tengan un buen día, que su señora les deje untar, hasta mañana si dios quiere. Después vino el tiempo.
El tiempo se ha convertido en magia potagia, antes con cuatro isobaras sabías a que atenerte, ahora dan un cursillo acelerado de fenómenos extraños, y editan fotos de todo aquel que quiera enviar la suya, cielos nublados, tornados y puestas de sol. En tiempos de blanco y negro a los cúmulos les llamábamos nubarrones y que en agosto hiciera muchísima calor no era noticia, como no lo era la nieve en invierno ni la caída de la hoja en el otoño.
Por fin los anuncios comerciales, eso si que no, me levanté del sofá y dirigiéndome al aparato, como si éste fuese criatura de entendederas le grité, ¡Qué se lo compre tu puta madre! Y me fui a mis cosas.
