Categoría: Cuenticos


En el espacio

   Hacía una semana que habíamos despegado con
los ojos desorbitados y una terrible presión en el cerebro que pugnaba por
salir por la parte occipital de nuestras cabezas. El estruendo de los cohetes,
la inmensa nube de humo, el lamento de los hierros sometidos a la tremenda
presión, dieron paso, tras unos minutos que parecían eternos, a la paz más
absoluta. Desde el espacio, por las claraboyas de la nave se podía observar
exultante, azul, inmensa, la tierra. Arrastrada por ella nos movemos a treinta
kilómetros por segundo en su viaje en torno al sol y éste inmerso en la
galaxia, sabrá dios si lo hubiere, a que velocidad y en que dirección, se
expande en el universo hasta el infinito. Siete días comiendo estos horribles
prefabricados. De repente un retorcijón de tripas me devuelve secamente a
nuestro plano y corro a la escotilla desde la que lanzo al vacío, tras arduo
esfuerzo, tremendo y sólido cagarro. Lo veo alejarse de la nave flotando desde
el ojo de buey buscando su propia órbita. Mas tarde entra en contacto con la
atmósfera terrestre con un luminoso destello. Mientras en la tierra, algunas
parejas de enamorados, formulan sus deseos.

Perillán

 Iba la anciana digna por la calle empuñando su
bastón, le servía éste de compañía más que de apoyo pues andaba erguida con el
gesto altivo que atestigua la lozanía de los tiempos mozos, Negra de pies a
cabeza, solo sus blancos cabellos rompían la uniformidad monocroma. Negra
chaqueta y falda negra por debajo de la rodilla como manda el decoro y negras
medias que morían en botines de paño con cremallera, negros, no hay que
decirlo.

  ¡Guapa! le dije al cruzarme con ella, alzó el
cayado y me dijo ¡perillán!

 

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