Montseny es siempre una maravilla, el bosque de hayas, el paseo en torno al pantano, los gigantescos pinos del merendero y sobre todo la temperatura media en verano en torno a los veintidós grados que hace de su cara norte, el refugio idóneo para estos calurosos días de agosto.
Justamente en un extremo del pantano, en un rincón soleado había una pareja con tres grandes perros, uno dormitaba en la sombra y los otros dos merodeaban próximos a sus dueños sumando el calor de sus cuerpos al del sol de media tarde, el chico les daba órdenes en un tono sin réplicas y los perros obedecían con lentitud y la pereza que da el que no coincidan las disposiciones con las apetencias.
Atrás quedaron pareja y canes y por el sendero que bordea el río, subí hasta el merendero y allí acomodé el cuerpo y el alma, que a eso invita la sombra y la fuente y las mesas dispuestas a prudencial distancia unas de otras, aunque no tanto, pues me llegaban rumores de la más cercana.
Algo escuché sobre unas prédicas de madrugada, pasé de largo el comentario y seguí con lo mío, me llegaron rumores de convento, horarios que eran rezos, sextas, nonas y maitines, reflexiones existenciales bien resueltas, supe de vocaciones contemplativas, de espirituales ejercicios y de otras cristianas devociones, finalmente giré la cabeza sin recato, ocupaban la amplia mesa campestre un grupo variopinto de etnias y de edades, desde adolescentes a treinta y tanto añeros, uno de estos con aspecto de seminarista llevaba la voz cantante, firme en sus afirmaciones, adoctrinaba sin resquicio para las dudas, flotaba en el aire una mística exaltación , la emoción del amor al prójimo. Yo hacía rato que luchaba conmigo mismo, unas veces juraba en silencio, procurando pecar de forma que se estableciese el equilibrio entre el bien y el mal, otras veces desde una postura misericorde, no sé si con ellos o conmigo mismo, llamaba a la paz interior. Una de las mozas, una morocha de aspecto sudamericano, miraba al predicador con ojos de… pues no sabría decir de qué, si sé que el diablo no duerme y para mí que en ese momento andaba hurgando en las entrañas de la morenucha y es que el hombre propone y Dios dispone, o el Diablo quién sabe.
Fuime del merendero al bar cercano cuya terraza ofrece la sombra fresca de los árboles, y cuando me entregaba al café y el helado llegaron ellos, bien enfundados en sus vestimentas de cuero, aparcaron sus motos de gran cilindrada con el ritual propio del mundo de dos ruedas, se apagaron los tubos de escape con un ruido sordo y el silencio invadió el lugar de una dentellada. Tomaron asiento en la mesa contigua y siguiendo la tradición española, conversaron en voz más alta que la necesaria, de modo que tomé parte como escuchante de lo que allí se decía. Se incorporaron por sorpresa otros dos de esta especie, y digo especie porque al parecer, las aficiones nos agrupan como lo hacen los naturalistas con los coleópteros, así que las voces llenaron el espacio de cilindradas, tubos niquelados y carenados durante tiempo indefinido, aunque a mi ya me parecía una eternidad, para tanto da esta cosa pensaba incrédulo. Desaparecieron con la misma ceremonia, guantes, cascos y motos se perdieron rugiendo por la curva de la carretera.
Apareció entonces la pareja de los tres perros, él seguía conversando con los sabuesos, ahora dándoles órdenes, ahora recomendaciones, siempre con la autoridad que le confiere su condición de hombre, si los otros miraban el mundo a través de un manillar éste lo olisqueaba por el hocico de los perros, y aquellos a través de la divina gracia, joder, cada loco con su tema, no es tan mala mi locura pensé, o al menos no tan monocroma, loado sea el señor.

